
Para los niños, el miedo es un mecanismo que les permite protegerse de estímulos desconocidos. Los padres podemos ayudarles. ¿Cómo? Sobre todo, poniéndonos en su lugar, comprendiéndoles y protegiéndoles.
Los niños
pequeños ven terribles amenazas donde los adultos vemos cosas de lo más
normales. Tengamos en cuenta que el miedo es un necesario y saludable mecanismo
de los seres vivos para protegerse de estímulos desconocidos y potencialmente
peligrosos. Y si encima esos fenómenos se acompañan de una estimulación intensa
(ruido fuerte, colores estridentes, movimiento brusco, demasiada gesticulación...)
es normal que el niño los perciba como amenazadores y reaccione con intensidad.
Cierta
capacidad de miedo tiene una función positiva y protectora. Un niño debe tener
miedo al tráfico de coches y al fuego, por citar dos temores útiles. Luego hay
una serie de miedos más o menos fantásticos, que aparecen en todos los niños y
que normalmente desaparecen al cabo del tiempo: miedo a ser devorado, a la
oscuridad, a los personajes de ficción...
Hay que ser
comprensivos
La actitud
de los padres ante estos miedos infantiles es importante. No hay que regañarles
por tenerlos, y no debemos burlarnos. Tampoco podemos confiar demasiado en que
las explicaciones lógicas les tranquilicen, aunque no debamos renunciar a
dárselas ("los monstruos no existen"). Así que debemos admitir que
estos miedos son normales, permitirles expresarlos y ofrecerles nuestra
atención y nuestro cariñoso apoyo.
Necesitan sentirse
queridos
Al expresar
sus miedos y recibir una respuesta cariñosa y tranquilizadora de sus padres, el
niño cubre una necesidad básica, la de saber que no está indefenso ante los
peligros, reales o imaginarios, y que puede encontrar abrigo frente a ellos.
También hay que alentarle para superar el miedo, elogiándole por ello (¡qué
valiente!). Hay que darle protección, pero también dejar que se aventure, en
esta edad de intensa curiosidad y exploración.
TIPOS DE MIEDOS
TIPOS DE MIEDOS